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    En medio de las risas


     

     

    En medio de las risas y testigo del llanto,

    oyendo y viendo gentes remotas a mi lado,

    en una soledad sin palabras ni gestos,

    acaso solo y triste, me doy cuenta, me hablo.

     

    Por este no morirme me estoy muriendo a diario.

    Desde mi cuerpo grito noche a noche,

    me espanto de que sean míos mis brazos,

    de que yo sea mi cuerpo... tan ajeno, tan largo.

     

    El dolor de mi espalda no es mi dolor.

    ¡Qué amargo el endulzar las horas con libros sabios!

    Podría estar aquí si no estuviera

    en un hombre sin labios.

     

    Me aproximo a la tinta cuando escribo llorando.

    Hace una hora estuve en un Café, en la calle,

    en un colegio del que mejor no hablo.


    Ayer fui al cine. Antier me quedé en mi cuarto.

    Todos hacen que viven o que mueren,

    yo hago que hago.

     

    Hablo de este dolor y de esta ausencia,

    de tu dolor y de tu ausencia es que hablo.

    De tu pleito de anoche con tu hermano,

    de tu tristeza, huérfano, de tu disgusto, enamorado,

    de tu esperanza, pobre, de tu ternura, desgraciado.

     

    Hablo de todo lo que tiene origen

    en este estar aquí desesperado

    y hablo también de lo que no lo tiene,

    y nos zozobra dentro, y nos golpea

    como un pájaro ciego, enajenado.


    Mi sangre es sangre de hombre

    y yo no la compré ni la regalo.

    Cae gota a gota de mi lengua cuando hablo

    porque tengo la lengua en mi quijada

    clavada con un clavo.


    Pero mi sangre abunda,

    viene de todos los desamparados,

    de todos los que no esperan nada esperanzados.

    Terribles, largos días, breves años,

    sin casa nunca, sin descanso.

     

    El corazón golpeándome en las manos,

    los ojos sumergidos en un vaso con noche

    sobre el buró, mirando.

     

    Y otra vez el rebelde y el manso.

    Y el buscarse entre extraños

    que se visten de uno y hablan como uno a ratos.

     

    Quizás yo soy este dolor de muelas

    en la cara del diablo.

    Detrás de todas ventanas vacías

    que ven pasar de noche el viejo espanto

    yo soy como una vela enmudecida

    en las manos de sombra del milagro.

     

     

    JAIME SABINES

     

    Jaime Sabines

     

     

     

     

     
      
     
       Me tienes en tus manos

    y me lees lo mismo que un libro.

    Sabes lo que yo ignoro

    y me dices las cosas que no me digo.


    Me aprendo en ti más que en mi mismo.

    Eres como un milagro de todas horas,

    como un dolor sin sitio.


    Eres como el perdón

    Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo.

    ¡Qué distante te haces y qué ausente

    cuando a la soledad te sacrifico!

    Dulce como tu nombre,

    me esperas en tu amor hasta que arribo.

     
    Tú eres como mi casa,

    eres como mi muerte, amor mío.
     
     
     

     

     

     
     
     

    Nada, que no se puede decir nada


      

     

     

    ¿Quién eres tú? ¡Qué importa!                                   
    A pesar de ti mismo, hay en tus ojos una breve palabra enigmática.      
    No quiero saberla. Me gustas mirándome de lado, escondido, asustado.  
    Así puedo pensar que huyes de algo, de mí o de ti, o de nada.         

     

     



     

     

    Nada. Que no se puede decir nada.

    Déjenme hablar ahora que es posible.

    Quiero decir que eso, que lo otro, que todo.

    Aquí me tienen muerto o medio muerto, llorando.

    Porque nos pasa a veces, nos sucede que el mundo

    -no solo el mundo- se complica, se amarga,

    se vuelve de repente un niño sin cabeza,

    idiota, idiota, idiota.

     

    Y el café ya no sirve,  ni el cigarro,

    ni hablar de soledad... de insomnio... de locura...

    ni el lamentar a veces del corazón que uno tiene en el pecho,

    ni el sollozar tan largo que nadie nos escuche.

    Es cierto que la paz, que el equilibrio,

    que el cielo puro y tonto,

    es cierto, es cierto.

     

    Pero si soy este que soy, ¿que queda?

    No es que algo  -puede que sea-  nos haga falta ahora.

    Es que el día renace,

    es que la noche sobrevive.

    Es que mis ojos de luz entonces,

    devorando...

    Hay muchas cosas que no alcanzo.

    No miro ya...  No toco...  No he llorado...

    Mentira  que  no  llore.  No  es posible.

    No se puede decir nada ni tanto.

     

    Soy mi cuerpo.

     

     

     

    Soy mi cuerpo.

     

     

    soy

     

     

    Y mi cuerpo está triste y está cansado.

    Me dispongo a dormir una semana, un mes; 

    no me hablen.

     

    Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños 

    y todas las cosas sonrían.

     

    Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío.

    Echenme encima todo lo que tenga calor,

         las sábanas, las mantas, algunos papeles

           y recuerdos,  y cierren todas las puertas

       para que no se vaya mi soledad.

     

    Quiero dormir un mes, un año, dormirme...

    Y si hablo dormido no me hagan caso,

    si digo algún nombre, si me quejo.

     

    Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado,

    y que ustedes no pueden hacer nada 

    hasta el día de la resurrección.

    Ahora quiero dormir un año,

    nada más dormir.

     

    (Jaime Sabines)    

     

     

     

     

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    Digo que no

     

    Autor: Jaime Sabines

     

    Digo que no puede decirse el amor.       
    El amor se come como un pan,      
    se muerde como un labio,
    se bebe como un manantial.

    El amor se llora como a un muerto,
    se goza como un disfraz.
    El amor duele como un panal,
    y es sabroso como la uva de cera
    y como la vida es mortal.

    El amor no se dice con nada,
    ni con palabras ni con callar.
    Trata de decirlo el aire
    y lo está ensayando el mar.
     

    Pero el amante lo tiene prendido,
    untado en la sangre lunar,
    y el amor es igual que una brasa
    y una espiga de sal.

    La mano de un manco lo puede tocar,
    la lengua de un mudo, los ojos de ciego,
    decir y mirar.

    El amor no tiene remedio
    y sólo quiere jugar.


     

    De cuando estuve en el mar


     

    ° ° °

    No me des nada, amor, no me des nada:
    yo te tomo en el viento,
    te tomo del arroyo de la sombra,
    del giro de la luz y del silencio,

    de la piel de las cosas
    y de la sangre con que subo al tiempo.
    Tú eres un surtidor aunque no quieras
    y  yo soy el sediento.

    No me hables, si quieres, no me toques,
    no me conozcas más, yo ya no existo.
    Yo soy sólo la vida que te acosa
    y tú eres la muerte que resisto.

     

    Jaime Sabines

    (fragmento de cuando estuve en el mar...)

     


    Jaime Sabines

     
     
     
     
     
     
     
    rain
    Si sobrevives, 
     
    si persistes...
     
    canta, sueña,
     
    emborráchate.
     
     
     
    Es el tiempo del frío:
     
    ama,  apresúrate,
     
    el viento de las horas
     
    barre las calles, los caminos.
     
     
     
    Los árboles esperan,
     
    tú no esperes.
     
     
     
     
     
     
     
     

     

     

     

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         No es que muera de amor...

     

             No es que muera de amor, muero de ti.

               Muero de ti... amor, de amor de ti,

               de urgencia mía,  de mi piel,  de ti,

               de mi alma, de ti...  y de mi boca...

               y del insoportable que yo soy sin ti.

     

     Muero de ti y de mí... muero de ambos, de nosotros, de ese desgarrado partido,

     me muero...  te muero...  lo morimos.

     

    Morimos en mi cuarto en que estoy solo, en mi cama en que faltas,

    en la calle donde mi brazo va vacío, en el cine y los parques, los tranvías,

    los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza y mi mano tu mano y todo...

    yo te sé como yo mismo.

     

    Morimos en el sitio que le he prestado al aire para que estés fuera de mí,

    y en el lugar en que el aire se acaba; Cuando te echo mi piel encima

    y nos conocemos en nosotros, separados del mundo, dichosa,

    penetrada, y cierto, interminable.

     

    Morimos... lo sabemos, lo ignoran, 

    nos morimos entre los dos, ahora separados el uno al otro, 

    diariamente cayéndonos en múltiples estatuas, en gestos que no vemos,

    en nuestras manos que nos necesitan.

     

    Nos morimos amor...

    muero en tu vientre que no muerdo ni beso, en tus muslos dulcísimos y vivos,

    en tu carne sin fin, muero de máscaras,  de triángulos obscuros e incesantes.

     

    Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo, de nuestra muerte, amor, muero, morimos!.

    En el pozo de amor a todas horas, inconsolable,  a gritos, dentro de mí, quiero decir, te llamo,

    te llaman los que nacen, los que vienen de atrás de ti, los que a ti llegan.

     

    Nos morimos, amor, y nada hacemos sino morirnos más,

    hora tras hora... y escribirnos... y hablarnos....  y morirnos.


     

     

     

      Del corazón del hombre
      Jaime Sabines mano

    He mirado a estas horas
    muchas cosas sobre la tierra
    y sólo me ha dolido el corazón del hombre.

    Sueña y no descansa.
    No tiene casa sobre el mundo. Es solo...
    Se apoya en Dios o cae sobre la muerte,
    pero no descansa...

    El corazón del hombre sueña,
    y anda solo en la tierra
    a lo largo de los días,
    perpetuamente...


          




     

     

     

     

     

     

     

    SITIO DE AMOR

    Sitio de amor, lugar en que he vivido
    de lejos, tú... ignorada, amada que he callado,
    mirada que no he visto,
    mentira que me dije y no he creído...

    En esta hora en que los dos, sin ambos,
    a llanto, y odio, y muerte, nos quisimos,
    estoy, no sé si estoy, ¡si yo estuviera!,
    queriéndote, llorándome, perdido.

    Esta es la última vez que yo te quiero.
    En serio te lo digo.

    Cosas que no conozco,
    que no he aprendido, contigo,
    ahora, aquí, las he aprendido.

    En ti creció mi corazón.
    En ti mi angustia se hizo.
    Amada, lugar en que descanso,
    silencio en que me aflijo.

    Cuando miro tus ojos pienso en un hijo.

    Hay horas, horas, horas...
    en que estás tan ausente
    que todo te lo digo.

    Tu corazón a flor de piel,
    tus manos, tu sonrisa perdida
    alrededor de un grito,
    ese tu corazón de nuevo,
    tan pobre, tan sencillo,
    y ese tu andar buscándome
    por donde yo no he ido.

    Todo eso que tu haces y no haces a veces,
    es como para estarse peleando contigo.

    Niña de los espantos,
    mi corazón caído,
    ya ves, amada, niña,
    que cosas digo.

     

    Autor:  Jaime Sabines

     

     

     

     

     

     
     
     

    Así, como este anochecer, me siento...  

     

    Así, como este anochecer, me siento.                     
    Las últimas luces se pierden en el cielo,                      
    y la sombra avanza sobre la tierra inundándole,                        
    igual que un agua espesa y obscura.  
                           

    ...                 

    He visto esta maniobra de la luz a través de la ventana, en mi casa,
    en un departamento atiborrado de ruidos, el calentador, la televisión,
    los gritos de los niños.

    Sólo por un instante me di cuenta del cielo.
    ¡Qué naturaleza, qué Dios tan distante y tan ajeno!
    Uno vive solo con sus deseos y ni siquiera es el espectáculo de  sí mismo.

     No hay lugar para la desesperación, ni para la fatiga, ni para la alegría.
    Pendiente sólo de la pierna que duele, de la hora de ir al trabajo, de la acidez,
    del dinero gastado, de la hora de acostarse; se resucita a veces,  por un momento,
    con el juego del hijo, con el relámpago del deseo (que le deja a uno la carne alumbrada hasta caer),
    y a veces también... con las páginas blancas de la libreta en que se escribe
    y que son frente a uno como un espejo en que no se ve el rostro sino el destino.
             

     Preocupado, afligido de Dios, que tiene la cara blanca y vacía,
    sin una sola palabra ni un gesto,  preocupado de la piedra que es la cabeza de Dios
    (la piedra sobre la mesa de madera, la piedra sobre el agua,  la piedra que tienen en la mano los muertos),

    Uno podría hablar de Dios interminablemente, con ternura y con odio,
    como de un hijo perdido, uno podría quedarse callado de Dios sin cesar,
    como se queda callado de la sangre el corazón trabajador y silencioso.

     

     

     

     

     

       

     

     

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            A estas horas aquí

       ( Jaime Sabines )


     

        
     
     
    Habría que bailar ese danzón que tocan en el salon de abajo,
    dejar mi cuarto encerrado y bajar a bailar...
     
    Uno es un tonto en una cama acostado,
    sin mujer, aburrido, pensando, sólo pensando.
     
     
    No tengo "hambre de amor", pero no quiero
    pasar todas las noches embrocado mirándome los brazos,
    o apagada la luz, trazando líneas con la luz del cigarro.
    Leer, o recordar,
    o sentirme tufos de literato,
    o esperar algo.

    Habría que bajar a una calle desierta
    y con las manos en la bolsas, despacio,
    caminar con mis pies e irles diciendo:
    uno, dos, tres, cuatro...

    Hoy habría que pasármela llorando
    en una acera húmeda, al pie de un árbol,
    o esperar un tranvía escandaloso
    para gritar con fuerzas, bien alto.
     
    Si yo tuviera un perro podría acariciarlo.
    Si yo tuviera un hijo le enseñaría mi retrato
    o le diría un cuento...
    que no dijera nada, pero que fuera largo.
    Yo ya no quiero, No!!
    yo ya no quiero seguir todas las noches vigilando,
    cuándo voy a dormirme, Cuándo!

    Yo lo que quiero es que pase algo,
    que me muera de veras...
    o que de veras esté fastidiado,
    o cuando menos....
    que se caiga el techo de mi casa un rato.

    La jaula que me cuente sus amores con el canario.
    La pobre luna, a la que todavía le cantan los gitanos,
    y la dulce luna de mi armario, que me digan algo!

    ¡Qué bueno que se quedara mi cuarto 
                toda la noche solo,
                           hecho un tonto, 
                                       mirando!

                                                                                                                         (Fragmento) 


     

    LOS DÍAS INÚTILES


    Los días inútiles son como una costra de mugre sobre el alma.
    Hay una asfixia lenta que sonríe, que olvida, que se calla.
    ¿Quién me pone estos sapos en el pecho cuando no digo nada?

    ...

    Hay un hombre que cae días y días de pie, desde su cara,
    y siente que en su pecho van creciendo muertes y almas.
    Un hombre como yo que se avergüenza, que se cansa,
    que no pregunta, porque no pregunta... ni quiere nada.

    ¿Qué viene a hacer aquí tanta ternura fracasada?
    ¡Díganle que se vaya!

     

     



      

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

      



     

    IGUAL QUE LOS CANGREJOS...

     


    cangrejos

     

    Igual que los cangrejos heridos
    que dejan sus propias tenazas sobre la arena,
    así me desprendo de mis deseos,
    muerdo y corto mis brazos,
    podo mis días,
    derribo mi esperanza,
    me arruino.
    Estoy a punto de llorar.

    ¿En dónde me perdí, en qué momento vine a habitar mi casa,
    tan parecido a mí que hasta mis hijos me toman por su padre
    y mi mujer me dice las palabras acostumbradas?

    Me recojo a pedazos,
    a trechos en el basurero de la memoria,
    y trato de reconstruirme,
    de hacerme como mi imagen.
    ¡Ay, nada queda!
    Se me caen de la mano los platos rotos,
    las patas de las sillas, los huesos que desenterré
    y los retratos en que se ven amores y fantasmas.

    ¡Apiádate de mí!
    Quiero pedir piedad a alguien.
    Voy a pedir perdón al primero que encuentre.
    Soy una piedra que rueda
    porque la noche está inclinada y no se le ve el fin.

    Me duele el estómago y el alma
    y todo mi cuerpo está esperando con miedo
    que una mano bondadosa me eche una sábana encima
     
     
     
    Jaime Sabines





     

     Espero curarme de ti   

     

    Espero curarme de tí en unos días.

    Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte, 

    es posible...

    Siguiendo las prescripciones de la moral en turno

    me receto tiempo, abstinencia, soledad.


    ¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?

    No es mucho, ni es poco, es bastante.

        

       En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se  

       han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego.

       Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado.

       Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están 

         entre dos gentes que no se dicen nada.

     

     

     

    Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subersivo del que ama.

    Tú sabes como te digo que te quiero cuando digo:

    "qué calor hace", dame agua, "¿sabes manejar?", "se hizo denoche".

       Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho

    "ya es tarde", y tú sabías que decía "te quiero".

    Una semana más para reunir todo el amor del tiempo.

         Para dártelo. Para que hagas con él lo que tu quieras:

       guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura.

    No sirve, es cierto. 

       Sólo quiero una semana para entender las cosas.

     

      Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio

       para entrar a un panteón. 

     

     

     
     
     
     
    Por todas las caídas de la vida...                                        
    por las que en este año me  dejaron con                              
    el alma lesionada...    
                                           
    por ésta amargura que no he podido quitarme de encima....               
     
     

      

    La caída

              (fragmento)

    Estoy como vacío.

    Quisiera hablar... hablar... pero no puedo,

    No puedo ya conmigo.

    Una mujer que busco,   que no existe,   que existe a todas horas,

    un antiguo cansancio, un diario despertar medio aburrido.

     

    Quisiera hablar, decir:   esto que es mío, que nunca tengo en mí,

    esto que asiste a la noche en mis ojos,   mi corazón dormido...

    y la tristeza de no saber las cosas, ser padre de algún hijo sin padre,

    ser hijo de unos padres sin hijos.

     

    Esto que vive en mí,   esto que muere... duras muertes conmigo,

    el manantial de gracia,   el agua de pecado que me deja tranquilo.

     

    Fuego de la purísima concepción,   poesía,   bochorno de mi amigo, 

    sálvame de mí mismo.

    Yo soy la tierra ronca,  el apretado yunque en el que cae tu martillo,   me soporto,  

    te espero, ayúdame a hablar limpio.

     

    Ayúdame a ser solo y a ser sólo moneda que en bolsillos de pobres socorra el agua fresca,

    el pan bendito.   Dueña de la esperanza, paloma del principio,

    recógeme los ojos, levántame del grito.

     

    Yo soy sólo la sombra que madura en un vientre desconocido.

    Y estoy aquí, sí estoy, a pesar de mí mismo,   alucinado y torpe,

    airado y sin memoria,   y sin olvido,  

    igual que si colgara de mis manos clavadas sobre un muro carcomido.

     

    Mira el odiado llanto,

    mira este mudo llanto embrutecido,

    sacúdelo del árbol de mis ojos, arráncalo del pecho sacudido,

     no me dejes raíces de congoja abriéndome el oído, no quede en mí un amante,

    ni un luchador, ni un místico.

     

    Señora de la luz, te mando, te suplico óyeme hablar sin voz,

    oye lo que no he dicho, con este amor te amo, con éste te maldigo,

    tengo en la espalda rota, roto, un cuchillo.

     

    Yo soy, no soy, no he sido más que un lugar vacío,

    un lugar al que llegan de repente mi cuerpo y tu delirio

    y una apagada voz que nos aprende como un castigo.

     

    He aquí tu mar de ausencia, he aquí tu mar de siglos,

    mi sangre arrodillada sobre un madero hundido,

    y el brazo de mi angustia saliendo al aire tibio. 

     

     

     

     

     

     

     

     ¿Es que hacemos las cosas sólo para recordarlas? cristal
    ¿Es que vivimos sólo para tener memoria de nuestra vida?
    Porque sucede que hasta la esperanza es memoria
    ¡Paraíso perdido será siempre el paraíso!

    A la sombra de nuestras almas se encontraron nuestros cuerpos
    y se amaron... se amaron con el amor que no tiene palabras,
    que tiene sólo besos.

    EL amor que no deja rastro de sí,          
    porque es como la sombra de una nube,
    la sombra fresca y ligera en que se abren las rosas.

     
    Sexo puro, amor puro, 
    limpio de engaños y emboscadas.
    Afán del cuerpo solo que juega a morirse.
    Risa de dos, como la risa del agua y del niño;
    la risa de la bestia bajo la lluvia que ríe.


    Sobre tu piel llevas todavía la piel de mi deseo,                               
    mi cuerpo está envuelto de ti, igual que de sal y de olor.                             
    ¿En donde estamos, desde hace tantos siglos,                           
    llamándonos con tantos nombres?                             

    He aquí que nos acostamos sobre la yerba del lecho,                          
    en el aire violento de las ventanas cerradas,                          
    bajo todas las estrellas del cuarto a obscuras.      
                        

     

    Jaime Sabines

     

     


     

     

     

     

     

    La rutina es la misma...  Busco en mi espejo una razon para levantarme cada dia, y si no la encuentro sonrío y la esquivo, luego voy contigo... porque si mis manos estan vacías, se que tendras una caricia para mi. Luego te esquivo y prosigo. 
    Te abandono en ese planeta que has construido para ti, con tus propias lágrimas, pero debes saber que no es completo ese abandono, no es tan real, quiza sea rutinario...

    Te he dejado tambien miles de palabras, para que el fuego no se consuma y sepas que en la batalla de mis espejos, de alguna forma siempre estas presente. Las palabras lindas se me acabaron, cierto, pero es que te las deje todas a ti.
    Jamás he comprendido como somos, o que es lo que hacemos. Solo se, que en algunas tardes,  donde  la ingrata existencia me permite pensar en lo bueno que he tenido, tu nombre cruza siempre, con fuerza, en mi mente...
     

    Psycho 

     

     

     

     

     
     

    A mi papá

     

     

     
    Solo quiero mirar...                      
    Tan solo  mirar
    la sonrisa                     
    que esconde en el cielo tu faz.                     

     


     

    Déjame reposar,
    Aflojar los músculos del corazón
    Y poner a dormitar el alma
    Para poder hablar,
    Para poder recordar esos días...

    No lo sabemos bien, pero de pronto llega un incesante aviso,
    una escapada espada de la boca de Dios que cae y cae y cae lentamente.
    Y he aquí que temblamos de miedo, que nos ahoga el llanto contenido,
    que nos aprieta la garganta el miedo.

    Nos echamos a andar y no paramos de andar jamás, después de medianoche,
    en ese pasillo del sanatorio silencioso donde hay una enfermera de ángel.
    Esperar que murieras era morir despacio, estar goteando del tubo de la muerte,
    morir poco, a pedazos.

    No ha habido hora más larga que cuando no dormías,
    ni túnel más espeso de horror y de miseria que el que llenaban tus lamentos,
    tu pobre cuerpo herido.

    Morir es retirarse, hacerse a un lado, ocultarse un momento, estarse quieto,
    pasar el aire de una orilla a nado y estar en todas partes en secreto.

    Morir es olvidar, ser olvidado, refugiarse desnudo en el discreto calor de Dios,
     y en su cerrado puño...

    Apagarse es morir, lento y aprisa, tomar la eternidad como a destajo
    y repartir el alma en la ceniza.

    Padre mío, señor mío, hermano mío, amigo de mi alma...
    saca tu cuerpo viejo, viejo mío, saca tu cuerpo de la muerte.

    Saca tu corazón igual que un río, tu frente limpia en que aprendí a quererte,
    tu brazo como un árbol en el frío, saca todo tu cuerpo de la muerte.

    Amo tus canas, tu mentón austero, tu boca firme y tu mirada abierta,

    Estoy llamando, tirándote la puerta.
    Parece que yo soy el que me muero: ¡padre mío, despierta!

    Te has muerto y me has matado un poco. Porque no estás,
    ya no estaremos nunca completos, en un sitio, de algún modo.

    Algo le falta al mundo, y tú te has puesto a empobrecerlo más, y a hacer a solas
    tus gentes tristes y tu Dios contento.


    ¿Será posible que abras los ojos y nos veas ahora? ¿Podrás oírnos?
    ¿Podrás sacar tus manos un momento?

    Estamos a tu lado. Tu mujer y tus hijos, tus nueras y tus nietos
    venimos a abrazarte, todos, viejo.
    ¡Tienes que estar oyendo!
    No vayas a llorar como nosotros
    porque tu muerte no es sino un pretexto para llorar por todos,
    por los que están viviendo.

    Una pared caída nos separa, sólo el cuerpo de Dios, sólo su cuerpo.

    Me acostumbré a guardarte, allevarte lo mismo que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza.
    No eras distinto a mí, ni eras lo mismo. Eras, cuando estoy triste, mi tristeza.

    Eras, cuando caía, eras mi abismo, cuando me levantaba, mi fortaleza.
    y eras el pan caliente sobre la mesa.

    Amputado de ti, a medias hecho hombre o sombra de ti, sólo tu hijo,
    desmantelada el alma, abierto el pecho.

    Sigue el mundo su paso, rueda el tiempo, y van y vienen máscaras.
    Amanece el dolor un día tras otro, nos rodeamos de amigos y fantasmas,
    parece a veces que un alambre estira la sangre, que una flor estalla,
    que el corazón da frutas, y el cansancio canta.

    fragmento     
    (Jaime Sabines)

     

    Tlaltelolco 68



     

    El 2 de octubre de 1968 ya forma parte de la historia (no tan sólo mexicana). Ese día el movimiento estudiantil fue reprimido de la forma más sangrienta, cruel y cínica posible en la llamada Matanza de la Plaza de las Tres Culturas. Más de treinta años después, la niebla del silencio todavía esconde muchos detalles de lo que pasó, empezando por el número exacto de los muertos. Desde el principio la máquina del poder se puso en marcha para arenar, confundir, traspapelar, borrar informaciones.

    Algunos números: 15.000 proyectiles disparados , 8.000 militares la acción, 300 medios armados entre tanques, medios blindados y jeeps con ametralladoras. Todo esto para reprimir una manifestación pacífica, por el viejo procedimiento de las provocaciones de los militares de paisano infiltrados entre los manifestantes, a las que contestan los militares con uniforme. El resultado fue de no menos de 700 heridos, un número de muertos que oscila entre 150 y 300, algunos de los cuales probablemente fueron arrojados al océano desde aviones militares, 5.000 estudiantes detenidos, algunos de ellos sometidos a torturas y falsas fusilaciones y 300 de ellos permanecieron en la cárcel hasta la amnistía de 1971. Los responsables de aquella matanza, programada al detalle con días de antelación, nunca han sido juzgados, a pesar de que en 1993 una Comisión de la Verdad investigó lo ocurrido.

    Palabras del entonces presidente Diaz Ordaz en su infome presidencial  "...Por mi parte, asumo íntegramente la responsabilidad: personal, ética, social, jurídica, política e histórica, por las decisiones del Gobierno en relación con los sucesos del año pasado..."

     



     





    rosa_negraNadie sabe el número exacto de los muertos, ni siquiera los asesinos,

    ni siquiera el criminal.

    Tlaltelolco será mencionado en los años que vienen como hoy hablamos

    de Río Blanco y Cananea, pero esto fue peor, aquí han matado al pueblo;

    No eran obreros parapetados en la huelga, eran mujeres y niños, estudiantes,

    jovencitos de quince años, una muchacha que iba al cine,

    una criatura en el vientre de su madre, todos barridos,

    certeramente acribillados por la metralla del Orden y Justicia Social.


    A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados, y el pueblo se aprestaba jubiloso a celebrar las

    Olimpiadas, que darían gloria a México.


    El crimen está allí, cubierto de hojas de periódicos, con televisores, con radios, con banderas olímpicas.

    El aire denso, inmóvil,el terror, la ignominia. alrededor las voces, el tránsito, la vida. Y el crimen está allí.

    Habría que lavar no sólo el piso; lavar tambien la memoria.

    Habría que quitarles los ojos a los que vimos asesinar... también a los deudos, que nadie llore,

    que no haya más testigos.

    Pero la sangre echa raíces y crece como un árbol en el tiempo.

    La sangre en el cemento, en las paredes, en una enredadera:

    nos salpica, nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.

    La bocas de los muertos nos escupen una perpetua sangre quieta.


    Tenemos Secretarios de Estado capaces de transformar la mierda en esencias aromáticas,

    diputados y senadores alquimistas, líderes inefables, un tropel de espirituales enarbolando nuestra bandera

    gallardamente... Aquí no ha pasado nada. Comienza nuestro reino.


    En las planchas de la Delegación estában los cadáveres. Semidesnudos, fríos, agujereados,

    Afuera, la gente se amontonaba, impaciente, esperando no encontrar el suyo:

    "Vaya usted a buscar a otra parte."



    La juventud es el tema dentro de la Revolución.

    El gobierno apadrina a los héroes. El peso mexicano está firme y el desarrollo del país es ascendente.

    Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.


    Hemos demostrado al mundo que somos capaces, respetuosos, hospitalarios, sensibles

    (¡Qué Olimpiada maravillosa!), y ahora vamos a seguir con el "Metro"

    porque el progreso no puede detenerse.


    La mujeres, de rosa, los hombres, de azul cielo,

    desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa

    que constituye la patria de nuestros sueños.

     Jaime Sabines              

     

    Jaime Sabines




     

    Te quiero a las diez de la mañana, y a las once,

     y a las doce del día... Te quiero con toda mi alma

     y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia.

     

    Pero a las dos de la tarde, o a las tres,

    cuando me pongo a pensar en nosotros dos,

    y  pienso en hacer comida... o en el trabajo diario,

    o en las diversiones que no tengo,

    me pongo a odiarte sordamente, 

    con la mitad del odio que guardo para mí. 

     

    Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos  y siento que estás hecho para mí,

    que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello,

    y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo.

     

    Tú vienes  a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, 

    nos metemos en la boca de Dios, hasta que me dices... tengo hambre o sueño...

    Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas,

    en que no te conozco, en que me eres ajeno... soy como la mujer de otro.

    Me preocupan mis hijos, me preocupo yo, me distraen mis penas.

    Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo...

    Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío? 

     

    (versión femenina)

     

    Jaime Sabines



     

     

              Sólo en sueños, sólo en el otro mundo del sueño te consigo,  tunel

    a ciertas horas, cuando cierro puertas detrás de mí.

    ¡Con qué desprecio he visto a los que sueñan,

    y ahora estoy preso en su sortilegio,  atrapado en su red!

    ¡Con qué morboso deleite te introduzco en la casa abandonada,

    y te amo mil veces de la misma manera distinta!

     

    Esos sitios que tú y yo conocemos nos esperan todas las noches

    como una vieja cama y hay cosas en lo oscuro que nos sonríen.

    Me gusta decirte lo de siempre y mis manos adoran tu pelo y te estrecho,

    poco a poco, hasta mi sangre. Pequeña y dulce, te abrazas a mi abrazo,

    y con mi mano en tu boca, te busco y te busco.

     

    A veces lo recuerdo.

    A veces sólo el cuerpo cansado me lo dice.

    Al duro amanecer estás desvaneciéndote...

    y entre mis brazos... sólo queda tu sombra.